Los detectives colombianos que siguen el coronavirus y otras amenazas

Una fuerza anónima investiga las amenazas para la salud, desde sarampión hasta el raro coronavirus.

Las cámaras de seguridad del terminal de transportes de Medellín registraron los desplazamientos de la mujer y su bebé de brazos dentro de las instalaciones. La revisión de las imágenes, cuadro a cuadro, llegó al momento cuando ella -migrante venezolana recién llegada de Caracas- se acercó al puesto de comidas y compró un pastel de carne.

Los ojos de los detectives se posaban en el menor, quien -para efectos de esa investigación- constituía la mayor amenaza. Las imágenes mostraban que su rostro apuntaba todo el tiempo hacia el pecho de la madre, pero nunca hacia la vendedora. Eso les daba tranquilidad.

Las cámaras de seguridad del terminal de transportes de Medellín registraron los desplazamientos de la mujer y su bebé de brazos dentro de las instalaciones. La revisión de las imágenes, cuadro a cuadro, llegó al momento cuando ella -migrante venezolana recién llegada de Caracas- se acercó al puesto de comidas y compró un pastel de carne.

Los ojos de los detectives se posaban en el menor, quien -para efectos de esa investigación- constituía la mayor amenaza. Las imágenes mostraban que su rostro apuntaba todo el tiempo hacia el pecho de la madre, pero nunca hacia la vendedora. Eso les daba tranquilidad.

En la sede del Instituto Nacional de Salud (INS), en Bogotá, otro grupo de investigadores abría una cuenta en Facebook y anotaba en el buscador los nombres y apellidos de los pasajeros que habían viajado desde Cúcuta en el mismo bus que la mujer y el bebé.

“Necesitamos saber cómo está su salud –decía un mensaje enviado a cada uno de ellos–. Lo contactamos a usted por este medio porque la empresa de transporte no nos entregó teléfonos. Dentro de nuestro trabajo debemos hacer la búsqueda de los pasajeros. Necesitamos saber si usted realizó este viaje”.

El itinerario de la madre y el niño venezolanos, obtenido por los detectives a partir de amistosas conversaciones con ella, era anotado en libretas de apuntes. Trayectos y personas con las que se cruzó en el camino (‘contactos’) eran los datos más relevantes para reconstruir las escenas. Cada contacto identificado era, asimismo, rastreado y -en lo posible- entrevistado. ¿Estaba bien de salud? ¿Estaba vacunado?

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Aunque a la epidemiología le gusta la jerga policial, acá no había crimen. Para nada. Lo que había era una investigación de campo para evitar que el sarampión -el cual, después de cuatro años de ausencia, retornaba a Colombia en el cuerpo del menor- se diseminara por el país.

Aquellas labores de ‘inteligencia epidemiológica’ –otra expresión tomada en préstamo de la milicia– eran lideradas por epidemiólogos de campo, profesionales que en el ámbito de la salud pública son llamados con frecuencia ‘detectives de las enfermedades’ y cuya misión es ir al terreno para investigar el foco de las epidemias –o de amenazas para la salud pública–, plantear hipótesis de manera rápida –las pruebas de laboratorio no siempre están a mano para diagnósticos precisos– e informar sus conclusiones a las autoridades para que tomen medidas.

Ese tipo de labores hicieron posible determinar que aquel caso de sarampión, importado en marzo de 2018, no contagió a nadie. Para llegar a esa conclusión, personal de la Secretaría de Salud de Medellín y del Instituto Nacional de Salud desandaron el camino de la viajera y su niño, tomaron todas las probables rutas del virus, e hicieron seguimiento a los contactos: a los pasajeros del bus, a los familiares, a los pacientes que compartieron la sala de espera en el hospital y, por supuesto, a la mujer que vendió el pastel de carne en el terminal de transportes, aquella que fue observada en las cámaras para descartar el hecho –simple pero de altísima importancia para la salud pública– de que hubiera tenido contacto con el menor.

Las cifras parecen inverosímiles: solo en Medellín, aquella amenaza implicó visitar 3.357 viviendas y entrevistar 1.449 personas. Era inevitable que la enfermedad ingresara por algún lado al país –se presentaron 452 casos y desde hace seis semanas no ha vuelto a haber–, pero es indiscutible que, sin las medidas adoptadas –que incluyeron vigilancia epidemiológica intensificada y campañas de vacunación–, Colombia no habría sido premiada internacionalmente por el manejo de la crisis. Y buena parte del logro se debe a la oportuna acción de los detectives de las enfermedades.

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